Cuanto más viajo, más me convenzo de que San Sebastián es una de las ciudades más bonitas que pueblan este planeta. Podría nombrar muchas características que la hacen diferente, pero sobre todo cuenta con una ventaja indiscutible: el marco natural sobre la que fue levantada. Entre el mar y las montañas, en los escasos espacios que dejó su dura naturaleza, emerge de la nada esta joya del Cantábrico que merece ser admirada en su conjunto. De lado a lado. En imágenes panorámicas que nos muestren el todo de su belleza. Lo que le hace diferente. Lo que le hace única.
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La primera vez que valoré la belleza de Donosti fue cuando con unos 17 años viajé con mi familia a Tenerife. Es cierto que en aquella época no tenía sobre mis espaldas los kilómetros de mundo que tengo ahora, pero al llegar a la isla afortunada de la que tan bien había oído hablar, al ver sus ciudades, su entorno, sus construcciones… me sentí decepcionado. No porque no me gustara, si no porque no me parecía que aquel lugar, del que todo el mundo tan bien hablaba, pudiera ser comparado ni de lejos con la capital guipuzcoana, que era mi principal referencia. Era una comparación injusta. Con todos los respetos para Tenerife (después he vuelto a conocer todas las Islas Canarias de las que soy un verdadero admirador).
Al hacerme mayor seguí viajando. He visitado varios continentes, diferentes culturas, grandes ciudades y pequeños pueblos. He ido a la selva, al desierto, he visitado ruinas de culturas ancestrales, he visto la riqueza y he visto la pobreza. Y en todos los lugares encuentro siempre algo que me gusta. A todos los lugares sé sacarles su lado amable, su lado bello, lo que les hace diferentes de forma positiva. Es algo que se aprende. Algo necesario para disfrutar del arte de viajar. Y en Donosti, he llegado a la conclusión de que además de su arquitectura señorial y cuidada, su gastronomía inigualable y el cuidado sumo con la que hacen todo lo referente a la ciudad, existe un valor intrínseco que le hace ser lo que es. La perfecta conjunción entre el mar y las montañas donde se enclavó esta pequeña urbe cantábrica.
Las cordilleras que adornan de verde Guipúzcoa van a morir al mar en abruptos acantilados de piedra cortada a cuchillo. Pero aquí se dan un descanso, y al abrigo de los montes Igueldo y Ulía y dejando Urgull y Santa Clara al antojo del mar, erigieron San Sebastián. El marco es incomparable. Casi inigualable. Difícil de explicar con imágenes y casi imposible con palabras. Por eso hoy os la muestro de forma panorámica, como el lugar merece, porque es la mejor manera de descubrir el todo, de hacerle justicia, de comprenderla y de admirarla. De conocer San Sebastián.
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