Toda persona debería cruzar una catarata al menos una vez en su vida. Es una recomendación. La sensación es difícil de describir. Lo que más impacta es el sonido del agua al caer y la sensación de debilidad e insignificancia que provoca el inmenso torrente precipitándose violentamente a un metro de ti. Luego está el viento que forma, las partículas de agua diluidas en el aire mojándolo todo, la oscuridad y la bravura extrema de la naturaleza. Así es la vida en la catarata del Sapo, en el corazón de Venezuela. En el ombligo del mundo.
En el Parque Natural de Canaima, en la selva Venezolana, se encuentran las formaciones geológicas más antiguas del planeta: los Tepuis. Durante millones de años estas mesetas elevadas y abruptas han resistido el paso del tiempo y el embite del clima creando un lugar digno de película de dibujos animados. Una selva profunda, cerrada, con muchos animales salvajes y grandes ríos que les dan de beber y de vivir. Pero unos ríos que en la época de lluvias bajan con bravura llevándose todo lo que se cruza en su camino por una geografía algo más que abrupta.
Muchas veces a lo largo de su recorrido hasta el mar, el agua tiene que realizar grandes saltos para poder seguir su camino en lo que denominamos cataratas. Como sabes las hay de muchos tipos, pero en esta parte del mundo son de las que impresionan. Impresionan en la distancia. Cuando ya desde lejos escuchas su seco bramido. E impresionan sobremanera cuando estás dentro de ellas.
La Catarata del Sapo fue nuestro bautismo en Canaima como lo llaman los oriundos. 60 metros de altura y 125 de largo. Desde arriba la vista es impresionante. Por un lado la sabana, por el otro los Tepuis y por debajo solo el fluir del agua. A medida que te internas en la selva buscando la entrada de la catarata el sonido que proviene del otro extremo de la arboleda se incrementa y la humedad también. Cuando te encuentras frente al pasillo que pasa justo por detrás de la cortina de agua el sonido lo inunda todo. Y el agua también.
La sensación en su interior es algo diferente. Al principio impacta. Después impresiona. Es una sensación de descubrir algo nuevo que por diferente y abrumador nos impide casi entenderlo y asimilarlo, como les sucede a los niños con las cosas nuevas que se van encontrando en la vida. Y te quedas inmóvil en el centro de la cascada, con la cortina de agua más grande que has visto en tu vida a un metro de ti. El agua rojiza por los sedimentos impide el paso de gran parte de la luz y la velocidad de caída crea una masa brumosa y violenta que le da un ambiente más fantasmagórico si cabe al lugar. El frescor es insuperable y el sonido completa la escena. Un estruendo regular que lo inunda todo. Es baño continuo en posición vertical, es el hilo musical que debe tener el infierno.
Y así ha sido durante miles de millones de años. Sin parar ni un segundo. Haciendo correr la vida por el ombligo del mundo, en la selva Venezolana. Así que a la famosa frase de José Martí; “plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro” yo le añadiría “cruzar una catarata”. Hacerlo, no os arrepentiréis.
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Hola, Nacho: “Yo estuve allí”, como decía aquel anuncio de una agencia de viajes muy conocida. Además, estuve solo, lo cual recuerdo como algo muy especial, cruzando la catarata, cuyo sendero fue creado a base de dinamitar la roca. Hoy eso no se admitiría, digo yo. Bueno, que a lo que voy: las imágenes reflejan las sensaciones de los que las hemos cruzado, sin duda. ¡Enhorabuena!
Eduardo, con comentaristas como tú da gusto… Gracias!!!
La verdad es es una pasada lo de cruzar la catarata del sapo. Por muy bien que uno lo intente explicar y por mucho que las fotografías representen, es imposible acercarse a la sensación que se tiene una vez dentro. Es… No sé Eduardo, ¿tú cómo describirías esa sensación?
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